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Hernia discal: cura sin cirugía

Hernia discal: cura sin cirugía
Hernia discal: cura sin cirugía

La hernia de disco es una enfermedad que afecta al disco intervertebral, ya sea por rotura, desgaste o malformación. Se presenta de forma generalizada en las zonas cervical y lumbar, y muy raramente en la zona dorsal.

Las vértebras de la columna, soporte principal de nuestro cuerpo, están separadas por un tejido cartilaginoso denominado disco intervertebral. Este se compone de tres partes: en primer lugar, el núcleo pulposo se encuentra en el centro del disco y se caracteriza por su alto contenido acuoso y textura gelatinosa; a continuación, el anillo fibroso, revestimiento exterior duro, formado por laminillas concéntricas de colágeno, que rodea y protege el núcleo, transmitiéndole movilidad y flexibilidad. Por último, los platillos cartilaginosos, situados en las partes superior e inferior del disco, que lo unen con las vértebras. Son los discos intervertebrales los que crean las articulaciones que unen los huesos de la columna y actúan como amortiguadores y distribuidores de cargas.

El paso del tiempo hace que los discos intervertebrales se deterioren: el núcleo pulposo pierde flexibilidad y movilidad, mientras que el anillo fibroso se vuelve quebradizo y fácil de desgarrar. La hernia discal se produce, precisamente, cuando las laminillas del anillo se rompen, haciendo que el núcleo se desplace, comprimiendo e irritando las terminaciones nerviosas adyacentes, la médula espinal o estructuras muy sensibles como el ligamento vertebral común posterior.

Los síntomas de la hernia discal suelen hacer su aparición a raíz de un ejercicio físico brusco (movimientos violentos, posición incorrecta  al hacer un esfuerzo excesivo o levantar peso, mecanismos repetitivos de flexión o rotación). Sin embargo, también puede ser producida por la degeneración o envejecimiento natural de la articulación, por exceso de peso y volumen corporal o por la atrofia de los músculos que rodean la columna.

El principal indicio de la hernia de disco es el dolor. Este puede darse de manera dispersa y, por tanto, difícil de localizar, o aguda, punzante y bien localizada. El nivel de dolor, así como la frecuencia y continuidad del mismo, dependerán del grado de deterioro del disco. No obstante, una persona puede sufrir esta afección sin padecer un malestar evidente. Diremos, en este caso, que padece una hernia asintomática. Esto hace que muchas personas padezcan la enfermedad sin ni siquiera saberlo.

La zona en la que ubicamos el dolor suele ser determinante a la hora de establecer la localización de esta dolencia.

El dolor de cuello y su extensión a hombro y brazo son normalmente síntomas de una hernia en la zona cervical. También puede provocar el hormigueo y entumecimiento de las extremidades superiores e incluso la debilitación de los músculos.

La hernia de la zona lumbar suele presentar un dolor agudo y cortante en la parte inferior de la espalda que a menudo se expande hacia la pierna por la que baja el nervio afectado (ciática).

Si la molestia se da en la zona central de la espalda puede tratarse de una hernia dorsal, aunque esta es la menos frecuente.

Las dolencias provocadas por la hernia de disco pueden dificultar la realización de las actividades cotidianas. El dolor se acentúa al caminar, estar de pie durante un tiempo prolongado, estornudar, toser o reírse, y puede llegar a dificultar el descanso nocturno.

El ejercicio y la alimentación son factores claves a la hora de prevenir el dolor de espalda. En la mayoría de los casos, los pacientes que sufren una hernia discal consiguen paliar la afección con un tratamiento conservador, donde la fisioterapia juega un papel determinante. La rehabilitación, el corregimiento de la postura y el fortalecimiento de los músculos que ayudan al soporte de la columna ayudarán al paciente que, además, deberá incrementar su flexibilidad, lo que le ayudará a prevenir futuras lesiones. Esto, acompañado de un tratamiento de analgésicos y antiinflamatorios suele bastar para que la enfermedad remita en unas semanas. El núcleo herniado va perdiendo agua progresivamente, lo que hace que se diseque y disminuya, dejando así de presionar y comprimir las estructuras que lo rodean. Los pacientes se repondrán y lograrán volver a sus actividades normales.

La cirugía solo debe emplearse como último recurso en casos extremos en los que el dolor no remita.

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